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Excerpt for Penumbras City by , available in its entirety at Smashwords



Penumbras City









Johnn A. Escobar

Rose B. I









Copyright © 2018 Johnn A. Escobar

All rights reserved.































No sé muy bien como comenzar a narrar estos sucesos, supongo que es preciso presentarme más que nada, bien mi nombre es Miguel Fernández y hace tres meses me hallaba recorriendo la carretera CT Treco situada al Oeste del Gran Buenos Aires en mi vieja Chevy una herencia de mi padre; era un día caluroso de verano por demás insoportable en especial la terrible humedad que parecía emanar sin piedad por cada recodo de mi viejo automóvil que carecía de aire acondicionado.

Cansado y totalmente sediento luego de haber conducido por más de tres horas consecutivas decidí orillarme unos segundos para pensar mejor qué hacer, al cabo de unos segundos sintiendo el ahogo creciendo con locura demencial terminé emprendiendo la marcha pues aún me faltaban tres horas más para arribar a Penumbras City.

Pronto una terrible tormenta se desató sin previo aviso, eso no era extraño ya que como había mencionado era verano; el repentino torrente de agua helada cayendo sin piedad sobre el techo de mi vieja Chevy lejos de provocar el ansiado alivio provocaría que el calor acumulado en el techo bajara elevando aun más la temperatura interna. Aquello significó, sin exagerar, una condena para mí, decidiendo entonces parar en la primer oportunidad que se me presentara, cerca de dos kilómetros más adelante divisé un edificación no muy grande se trataba de un bar de carretera, recuerdo que al verlo lo primero en que pensé fue que aquel lugar parecía salido de una película de suspenso, alejando mi mente de ello, que a mi parecer significaba un oasis en medio del desierto.

Estacioné mi automóvil junto a la carretera donde una motocicleta y una camioneta también reposaban, dentro no distaba del típico bar, la amplia barra a un lado de la entrada provista de todos los tipos de bebidas posibles, del lado opuesto estaban situadas las mesas y las sillas, el ambiente resultó hogareño, el aire interno fue un auténtico alivio pues estaba provisto de aire acondicionado, el dueño del local resultó ser el cocinero, la barra estaba siendo atendida por una joven no muy agraciada de tez morena y cabello hirsuto, esa mujer estaba armada con un horrible gesto desagradable en el rostro, algo tosca y de mal carácter tomó mi orden y en veinte minutos trajeron mi hamburguesa y un refresco de cola; tres hombres que pasaban los sesenta y cinco años de edad charlaban sentados a una mesa, parecían tan compenetrados en su charla que no posaron los ojos en mí.

El tiempo volaba observé la hora en mi teléfono celular y pasaban de las cuatro de la tarde, fuera la terrible tormenta continuaba sin descanso y parecía que no pararía pronto. El cielo estaba totalmente negro y francamente asumí no podría partir; pasaron los segundos, los minutos y finalmente las horas, resignado vi que ya eran las ocho de la noche. El bar iba a cerrar o eso creí luego de ver partir a la joven quien resultó ser la dueña de la motocicleta, se había despedido del dueño siendo efusiva en contraposición con la manera apática en que se manejó conmigo, oyéndola prometer al dueño que conduciría con cuidado.

El dueño entonces viendo mi situación me propinó unas palabras de alivio al decirme: “Tranquilo joven, no tiene por qué irse, si lo desea puede acompañarnos a nuestro juego de cartas de los viernes hasta que la tormenta se detenga”.

Así dimos comienzo al juego no sin antes llevar una de las mesas hacia el centro del local donde el dueño del establecimiento cuyo nombre era Esteban Giménez procedió a presentarme a los demás presentes, siendo estos Edgardo Alvares, Alfonso Castro, Amadeo Sosa, tras esto estrechamos las manos y procedimos a sentarnos cómodamente en las sillas Edgardo procedió en repartir los naipes jugaríamos al truco, y dado éramos número impar no armamos equipos sino que jugamos uno contra el otro.

Mientras continuábamos compenetrados en el juego comenzamos a charlar, aquellos hombres resultaron dueños de una amabilidad digna de mención y por sobre todo eran curiosos me preguntaron a qué me dedicaba, siempre es un placer conocer personas tan agradables y no dudé en responder que era dueño de un humilde pero próspero kiosco que había creado con los ahorros de mis empleos como albañil en una de las tantas edificaciones en capital federal. Entonces ellos me compartieron que actualmente estaban jubilados y pasaban los días en el bar, que por cierto era de los cuatro amigos, charlando hasta altas horas de la noche, Esteban también se había jubilado hacía años como profesor mas continuaba ejerciendo como cocinero en aquel agradable bar ya que prefería la labores al ocio.

No habían transcurrido más de quince minutos cuando Alfonso notó que no sabían hacia donde me dirigía incurriendo en ello; yo por mi parte no dudé en hacer mención de mi destino, y la razón de mi viaje el cual era una herencia, según me habían comunicado un primo lejano me había legado su casa en mencionada ciudad; mas al oír a donde me dirigía las muecas en los rostros de mis compañeros de truco se tornaron en gestos de horror puro y un silencio incomodo nubló la habitación por breves instantes. Al cabo Amadeo habló diciendo en un tono calmo׃ “¡Miguel no conoces los sucesos que envuelven Penumbras City, porque de ser así jamás irías a un lugar tan único!”.

Luego de decir eso yo noté que aquel énfasis en la palabra único no fue hecho con una buena impresión sino que denotaba un halo de oscuro secretismo y una terrible incomodidad surgió en mí, Esteban rompería el silencio comunicándome lo siguiente׃ “Bien, verás Miguel aquella ciudad no es un lugar seguro para nadie, los habitantes son seres buenos y bondadosos con algunas excepciones claro está. Pero hay algo más que lleva la tragedia y la desolación a todo aquel quien pise sus suelos y permanezca allí por un tiempo considerable. Mas no me es menester provocar en ti una molestia con historias de ancianos que sólo juegan a los naipes sin mayores cosas que hacer”.

Siempre he estado abierto a todo tipo de relato sea creíble o no, pues desde mi punto de vista todo relato es digno de ser escuchado sin prejuicios y ya después uno mismo podrá sacar sus conclusiones, y envuelto en esta convicción me di de lleno a oír comunicando mi interés por saber con mayor profundidad qué cosas se decían de aquellos lugares fueran paranormales o no en verdad deseaba saber así que Alfonso acercó una jarra de sangría y unos vasos, en principio me negué a beber pero reconsideré mi idea pensando que de ser necesario podría posponer mi viaje unas horas en especial teniendo en cuenta la tormenta que no menguaba ni un segundo.

Y así dio comienzo la primer narración por parte de Edgardo quien sin pelos en la lengua dijo: “Hace años ya cuando aun era joven tuve la fortuna o la desgracia, según como se vea, de arribar a Penumbras City; me había graduado como oficial de policía y tras una evaluación fui asignado a trabajar en el destacamento policial de tal ciudad. Durante mis primeros cinco años de carrera solamente estuve limitado a trabajar atendiendo las llamadas en la línea directa y pasar los informes correspondientes, en todo aquel período jamás vi nada fuera de lo usual y a decir verdad no tenía tiempo ya que cubría turnos de doce horas por lo mismo regresaba cansado a mi departamento. Mas al llegar el sexto año hubo una nueva incorporación de oficiales, como era costumbre los más jóvenes realizarían trabajo de oficina, debido a ello fui insertado entre los oficiales de patrulla y sería allí donde vería el primer suceso".



La cabaña y el molino

Marcelo Acevedo con veintinueve años de edad llevaba una vida relativamente cómoda junto a su esposa Julieta Martínez dos años menor que él, tal matrimonio contaba con dos hijos Fernando e Isabel hermanos gemelos de tres años de edad.

El joven matrimonio contaba con una buena posición económica Marcelo poseía una fábrica de neumáticos con un buen pasar; tal familia convivía en un barrio privado dentro de Puerto Madero, mas no todo era un lecho de rosas entre ellos luego de cinco años Julieta sin motivo aparente le exigió el divorcio y en cuanto él pidió una respuesta ella argumentó con total descaro que había hallado un nuevo amor, ante semejante explicación él aceptó el divorcio sin emitir una sola palabra.

Pese a todo ello Marcelo quería a sus hijos por lo que esperaba continuar en contacto con ellos mas debido a un hueco legal él quedó obligado a continuar pagando una pensión alimenticia por ambos niños sin ningún privilegio para verlos siquiera por lo cual terminado la tramitación de aquella separación Julieta en compañía de sus hijos partió marchando rumbo a Europa donde habría de reunirse con su amante sin siquiera dejar en claro a qué país Europeo arribaría; dejando a Marcelo totalmente devastado y sin consuelo no por la partida de su ex esposa ni siquiera por estar obligado a pagar una manutención por deposito bancario, pues él tan solo extrañaba con locura a sus dos pequeños hijos de quienes estaba seguro jamás volvería a ver.

Viéndose sumido en una brutal depresión que lo abatió por casi un año sin descanso, luego de tres años y un tratamiento médico seguido al pie de la letra Marcelo se vio recuperado mas nunca podría olvidar a sus pequeños de los cuales no podía seguir el rastro por orden del juez.

Por consejo médico, Marcelo supo que necesitaba un nuevo comienzo en su vida pero no deseando formar una nueva familia supuso que aquel inicio sería abandonando la casa donde convivió con su familia. Comenzó entonces a soñar con tener una granja donde criar animales y tal vez dedicarse de lleno a la siembra de maíz, alejándose para siempre de los ruidos molestos de automóviles a tempranas horas de la madrugada junto con sus bocinazos, del griterío constante de las personas, y por sobre todo dejar atrás aquella jungla de cemento que significó su cruel fortuna.

Cierto día hizo partícipe a uno de sus amigos más cercanos de aquel sueño y ese hombre lejos de derribar los sueños de su amigo lo alentó y ya que éste último tenía unos asuntos que tratar en Penumbras City lugar que sabía de antemano que poseía grandes predios rurales le pidió a Marcelo lo acompañara.

Una vez llegados a Penumbras City Marcelo se puso en contacto con una inmobiliaria local Luzbel SA, visitando diversas propiedades mas ninguna lograba cautivarlo hasta que finalmente quedó perdidamente enamorado de un enorme campo perfecto para la siembra el mismo disponía de una cabaña y un molino todo rodeado por un viejo cerco. La cabaña estaba desgastada por años de abandono así como el viejo molino que parecía pertenecer a un museo.

Y aun viendo todo ello Marcelo estuvo decidido a comprar la propiedad sin vacilar siquiera un breve instante; cuando finalmente tuvo las llaves de la cabaña entre sus manos Marcelo sintió que las ilusiones perdidas hacía tanto tiempo retornaban a él llenándose con los vientos despejados de un día hermoso y despejado de primavera, ya se veía sentado a las puertas de su cabaña disfrutando de un merecido descanso luego de un arduo día de trabajo observando la caída del sol olvidando todo el dolor que alguna vez lo dominó por completo. Mas todo eso era un sueño y sabía muy bien que tenía un amplio trecho que salvar antes de cumplir esa nueva meta en su vida poniéndose en marcha.

Lo primero que hizo fue ponerse en contacto con el dueño de la tienda local de productos agrícolas comprándole los suministros necesarios y pidiéndole intercediera para contratar a su nombre a trabajadores serios con la finalidad de refaccionar la granja y la cabaña, ofreciendo casa comida y una módica paga, dejando su dirección para que éste le escribiera un telegrama y así viajar lo más pronto para efectuar las entrevistas en persona con las hombres interesados ya que por lo pronto Marcelo debía de regresar a Capital Federal con la sola finalidad de concluir el cierre de la venta de su fábrica hacia los empleados.

No muchos lo comentaban pero gracias al dueño de la tienda de productos agrícolas Marcelo se enteró que hacía ya veinte años que nadie vivía en esa propiedad y la razón principal era que todas las familias que allí habitaron habían desaparecido sin dejar rastros, la lógica estipulaba que simplemente se habrían mudado mas el motivo era un auténtico misterio que nadie había logrado resolver. Muy lejos de producir miedo en Marcelo aquella historia solamente endulzó sus oídos llevándolo a sentirse privilegiado de vivir en una casa con historia propia.

Un semana después Marcelo recibiría con gran felicidad el telegrama de los interesados en el trabajo y sin vacilar les preguntaría si estaban dispuestos a trabajar duro puesto se hallaba más que ansioso por mudarse a su nuevo hogar; los trabajadores estaban prestos a dar inicio por lo que él viajó de nuevo a Penumbras City para comprar en el corralón de la ciudad todos los materiales necesarios maderas, ladrillos, cemento, pegamentos, cal, arena, herramientas, etcétera.

Para la siguiente tarde los nuevos empleados estaban prontos al trabajo estableciendo la vivienda de ellos en el establo que era la edificación mejor conservada. Al día siguiente Marcelo debía de retornar a Puerto Madero con la finalidad de arreglar la venta de su hogar, no sin antes dejar un convenio con el dueño del corralón y con el encargado de la ferretería para que les proporcionara todo lo necesario a sus empleados y que él pagaría a su regreso.

Mes y medio más tarde Marcelo había vendido por una jugosa suma su viejo hogar, mientras tanto la refacción de la cabaña demoraría medio mes más por ende tuvo que vivir con un amigo mismo que le había recomendado viajar a Penumbras City. El periodo establecido se cumplió y ya pudo mudarse; tras ver como quedó la cabaña Marcelo decidió contratar a los hombres de manera permanente para que trabajaran en sus nuevos sembradíos de maíz.

Un hecho de no menor importancia es que la cabaña ya venía con muebles pero Marcelo se negó a utilizarlos ordenando a sus empleados desecharan los mismos ya que él compraría nuevos y en efecto así lo hizo. Por dentro la cabaña era inmensa contando con dos pisos, ocho habitaciones tres arriba y cinco abajo, dos baños una amplia sala, cocina con despensa de similar tamaño a uno de los cuartos principales; sus empleados lo ayudaron a colocar los muebles en los lugares adecuados según sus instrucciones, Marcelo solamente emplearía para su uso personal una de las habitaciones inferiores, la cocina y la sala que convertiría en un living.

Dejando que sus empleados se establecieran en las casas que estaban detrás de la cabaña y que ya estaban refaccionadas. Temprano en la mañana siguiente Marcelo fue directo a comprar semillas de maíz, maquinarias y herramientas adecuadas, adquiriendo también siete potros domados, nueve vacas, y veinticuatro gallinas más dos gallos.

Los hombres tras recibir su paga fueron a visitar a sus familias dejándoles el dinero con la finalidad de brindarles el sustento básico, retornando a la cabaña antes del atardecer.

El tiempo fluía con total calma brindando progreso y fortuna ya que la plantación crecía sin mayores contratiempos que los usuales; en retrospectiva Marcelo era un patrón excelente sin pretensiones quien estaba más que dispuesto a ensuciarse las manos trabajando codo a codo con sus empleados quienes lo consideraban un amigo. Cierto día Marcelo compró un lechón gordo para celebrar la primer cosecha exitosa, mas en vista de su nula capacidad para matar aquel animal el encargado de la tarea sería su capataz, mientras eso era llevado a cabo Marcelo propuso cenaran todos con él en su cabaña mas al oír la idea casi todos los empleados al unísono respondieron que era mucho más cómodo si cenaban bajo las estrellas pues era una hermosa noche para estar dentro. Así lo hicieron siendo un suceso que no despertó la curiosidad de Marcelo, ya que sabía sobre los rumores de desaparecidos acaecidos en su vieja cabaña.

Una noche él estaba sentado en una silla mecedora en el pórtico de su hogar perdido en la inmensidad de la nada dejando que la imaginación fluyera en sí mismo contemplando la idea de algún día poder compartir semejante visión con sus hijos de quienes ya adultos lo buscarían y ya no habría nada que su ex esposa o ningún juez pudieran hacer para impedir ese lazo padre e hijos, súbitamente Marcelo sería arrancado de aquella fugaz ensoñación pues entre los maizales vio dos luces brillantes observándolo cual ojos de fiera a punto de atacar, pero en un parpadeo desaparecieron por lo que lo terminó atribuyendo a una posible pesadilla diciendo para sus adentros que tan solo fue producto del cansancio abandonando su silla e ingresando a su hogar buscando el merecido descanso en su suave y relajante cama. No sin antes cerrar puertas y ventanas por igual guiado por algún instinto que no comprendió muy bien en ese entonces. Mas al llegar a la cama el sueño escapó de su cuerpo manteniéndolo en constante alerta planteándose si esos ojos habían sido en verdad producto de su imaginación, siendo arrancado repentinamente de sus propios cuestionamientos al oír unos fuertes azotes en la ventana que daba a su habitación; procuró serenarse buscando una explicación lógica, tal vez había sido uno de sus empleados o un animal nocturno, mas nuevamente surgieron los golpes más enérgicos y más seguidos denotando una fuerza superior, el problema de ello fue que entonces los golpes sonaban dentro de su cabaña. Armado con su escopeta abandonó la seguridad de su habitación creyendo se trataba de un probable ladrón, requisó toda la cabaña sin dar con nada ni nadie, regresando a la cama permaneciendo en vital alerta hasta que el amanecer lo halló rendido por el cansancio sentado en el sillón de su habitación.

Pese al cansancio él no decayó sino que se incorporó tomó una ducha y dio comienzo a su día laboral reuniéndose con sus empleados quienes notaron las ojeras bajo sus cansados párpados incurriendo en ello más él argumentó estar bien continuando con el trabajo, sin embargo la duda rondaba dentro de su cabeza cual gusano corrompiendo un cadáver putrefacto así que cerca del mediodía terminaría por compartir su experiencia con sus empleados, aunque ellos trataron de calmarlo alegando todo era atribuible a la presencia de ratas, Marcelo supo reconocer en ellos una cierta mirada de pánico seguido de un silencio incomodo.

Sea cual fuere el caso no volvería a suceder nada similar pasando los meses llegando la época de una nueva cosecha, y luego otra y otra y otra y así fluyeron los años cansando a Marcelo quien ya no trabajaba junto a sus empleados debido a una lesión en la rodilla que lo obligaba a utilizar un bastón para mantenerse en pie, aunque aun proseguía compartiendo el almuerzo con ellos y disfrutando de charlas con quienes consideraba amigos bajo las noches estrelladas permitiéndose acostarse más tarde; su cabello encaneció y los dolores comenzaron a volverse habituales en su cuerpo, mientras que la ilusión de ver a sus hijos escapaba de su agotado corazón la casa que tantas fantasías había infundido en él pronto tornó la vida en un lugar siniestro y lleno de innumerables sueños sin cumplir, y fue en ese punto de su vida cuando comenzó a notar que mientras reposaba en su cómodo sofá frente al calor del hogar provisto de grandes leños, que entre las habitaciones clausuradas de su cabaña caminaban sombras más negras que la noche sin embargo al enfocar de lleno no había nada y las puertas de las habitaciones continuaban tan cerradas como siempre lo habían estado desde el día en que él se mudó.

Pronto las noches se volverían su eterna prisión, solo y sin nadie a quien recurrir pues nadie ni siquiera sus empleados veteranos deseaban acompañarlo luego de la puesta del sol. Golpes y ruidos, voces entrecortadas y gritos desgarradores minaban la cabaña, y el pobre Marcelo permanecía allí aferrado a su bastón siempre con una mano cerca de la escopeta que siempre dejaba cerca de sí antes del crepúsculo. Marcelo ya no compartía sus experiencias con nadie en cambio llevaba un registro de cada uno de los acontecimientos en un cuaderno que guardaba con cierto recelo puesto temía que de verlo podrían tomarlo por un enfermo mental.

Una noche invernal de esas en que el frío es capaz de congelar al mismo infierno, el por entonces ya agotado y mayor Marcelo comenzó a notar que todos los sonidos provenían del ático y del sótano de forma simultánea, pero eso no fue todo porque ya que el miedo invadió cada hueso de su cuerpo erizando los bellos en su nuca y generando un sudor frío en todo su ser al notar con espanto que jamás había visitado tales sectores de la imponente cabaña, la parálisis lo mantuvo sujeto al sofá mas los ruidos engrandecían con violencia llevándolo a dominar sus sentidos y sujetándose de las paredes llegó a la puerta principal, abriéndola de súbito y totalmente agitado oyendo el retumbar de los latidos de su propio corazón en sus oídos corrió arrastrando su lastimada pierna cayendo rendido en dos ocasiones e incorporándose para continuar la marcha hacia las casillas donde sus empleados residían sin fuerzas para llamar a la puerta de la vivienda más próxima solamente lanzó un grito ahogado alertando a los hombres quienes abandonaron las habitaciones socorriéndolo, ayudándolo a ponerse en pie pues había caído nuevamente al suelo; su estado era deplorable las ropas rasgadas, los cabellos despeinados, mientras que todo su ser estaba completamente embarrado por el polvo y el sudor.

Ingresándolo a la vivienda del capataz brindándole un vaso de agua y dándole el espacio necesario para que se recuperara, al cabo de unos minutos que parecerían años Marcelo recuperó la compostura y totalmente resignado compartió sus terribles experiencias, y una vez acabado miró a los presentes esperando las miradas inquisitivas mas no fue así ellos luego de intercambiar miradas decidieron compartir con él el motivo por el cual siempre se negaban a ingresar a la cabaña aun pese a las constantes invitaciones de Marcelo, resultaba que los habitantes del área urbana de Penumbras City hablaban de fantasmas en esa cabaña y todos los que en ella vivían perdían la cordura y terminaban por desaparecer en el olvido sin dejar vestigios de su partida. Esa noche él durmió en la vivienda del capataz y temprano en la mañana tres de los hombres fueron en busca del médico quien lo revisó y tras oír las alegaciones del perturbado paciente quien cabe destacar temía lo declarara como un insano mental, pero para su sorpresa el buen doctor atribuyó los síntomas a un exceso de estrés y un creciente vínculo con las leyendas locales, brindándole la calma que tanto ansiaba y recetándole unos tranquilizantes que apaciguarían su padecimiento. Tras la partida del doctor el ya relajado Marcelo decidió retornar a su cabaña ante las miradas de preocupación de sus empleados quienes desaprobaban tal decisión mas sin decir nada.

Tomaba sus medicamentos sin objetar y en los horarios que el médico se lo había indicado sintiéndose relajado y pleno al contemplar la ausencia total de sucesos paranormales, recuperando la confianza en su hogar; pasaron los meses y una nueva cosecha arribó, pensando en brindarles un alivio a sus hombres Marcelo charló con ellos indicándoles que reposaran bajo los árboles mientras él les preparaba unos refrescantes vasos de jugo de naranja marchando a su hogar. Una vez allí Marcelo se dirigió a la cocina dándose a la tarea sin pensar demasiado en nada, pronto unos pasos lo arrancaron de súbito de su tranquilidad mas no sintió temor pensando con solemne calma que finalmente sus confiables empleados habían perdido el miedo aventurándose dentro de su hogar, diciendo: ʺNo se preocupen ya casi están las bebidas, me alegra que hallan venidoʺ. Mas al voltear solamente observaría aquellas antiguas sombras que solían atormentarlo en noches pasadas, mas esta vez ocurría durante el día y ello no sería lo único ya que pronto una voz provino desde inconmensurables abismos cual eco maldito incrementándose con cada rebote entre los muros expresando: ʺEs mi casaʺ. Lleno de pánico Marcelo sería testigo de una representación infernal, pues sombras aletargadas comenzaron a fluir nuevamente desde las habitaciones cubriendo paredes, y pisos extendiéndose hasta sus pies mientras sonidos de puertas y ventanas azotándose con furia titánica corroían la cabaña, el pobre Marcelo se deslizó hacia el suelo abrazándose las piernas adoptando una posición fetal repitiendo para sus adentros que todo era una pesadilla, pero no era así sin embargo tal como inició todo concluyó.

Incorporándose en sí mismo inhaló profundo y salió de la cabaña olvidando las bebidas llegando hasta sus empleados y narrándoles lo acontecido, y todos ellos comenzaron a hablar sin entenderse nada de lo que decían hasta que el capataz puso un alto y habló preguntándole qué haría ya que el atardecer llegaría en unas pocas horas, a lo que Marcelo respondió que planeaba dormir en un hotel y temprano en la mañana volvería para abrir de una vez por todas el ático y el sótano así como las habitaciones clausuradas buscando lo que fuera que allí hubiera.

El capataz y tres hombres más se ofrecieron en acompañarlo en la mañana siguiente en tal tarea, despidiéndose de Marcelo quien abordó su camioneta marchando al hotel.

Ya en la mañana del miércoles Marcelo, el capataz y otros tres hombres ingresaron a la cabaña, y abrieron cada puerta sin mayores problemas sin dar con nada relevante, entonces llegó la hora de subir al ático mas la puerta se encontraba trabada u sostenida por una fuerza desde dentro, así también ocurrió con el sótano, en vista de tal contrariedad acordaron retirar las puertas de esos dos lugares con ayuda de las herramientas y así lo hicieron; la humedad escurría por las paredes y el aire estaba viciado a un punto tan alto que no lograban respirar, mas no pensaban retrasar la tarea por lo que con unas improvisadas máscaras confeccionadas con pañuelos de tela los cinco retornaron con la exploración dividiéndose en dos grupos, tres hombres limpiarían el ático y Marcelo y el capataz harían lo propio con el sótano.

En resumidas cuentas no hallaron nada que mereciera la pena el esfuerzo, cabe aclarar que no habían objetos de culto, altares o manchas que denotaran algún viejo ritual, tanto en el ático como en el sótano solamente dieron con viejos y desgastados muebles en estado deplorable, camas desarmadas, veladores rotos, espejos opacos y un par de mesas cuya madera denotaba haber sido víctima de las polillas y los gusanos taladro. Sin dudarlo Marcelo les ordenó que desecharan todo sin excepción pues no deseaba tener nada de ello; el capataz viajó a la tienda con la finalidad de comprar dos puertas mas la tarea le tomaría casi todo el día y para cuando regresó el ocaso daba comienzo por lo que la colocación de las puertas nuevas deberían de efectuarla a la mañana del jueves.

Marcelo sentía mayor seguridad comunicando a sus hombres quienes ya consideraba más que buenos amigos sino hermanos que dormiría en la cabaña, ellos protestaron con severidad mas la determinación presente en Marcelo no pudo ser rota y terminaron cediendo haciéndolo prometer que ante cualquier problema él los buscaría sin importar la hora.

Marcelo cayó rendido por el cansancio en su plácida cama creyéndose a salvo y en paz dejó que la pesadez invadiera todo su ser sumiéndose en un profundo sueño reparador; a un lado de su cama sobre una mesita de luz reposaba un viejo reloj despertador a cuerda que marcó las tres en punto de la mañana y cual si fuera una invitación a la liberación de algo, todos los objetos sueltos de la casa, adornos y demás salieron disparados de sus estantes colapsando contra los suelos o en su defecto contra las pared contraria despertando al pobre y agotado Marcelo quien en un acto reflejo aferró las mantas que lo cubrían suponiendo así estaría bien mas no era cierto y lo sabía demasiado bien, por ello intentó sonar intimidante al gritar con todas sus fuerzas: ʺEsta es mi casa, vete de aquíʺ.

Aquella osada muestra de valor solamente empeoraría las cosas ya que desde el ático y el sótano simultáneamente comenzaron a oírse voces en discusión acompañadas por el repentino estallido de los vidrios de todas las ventanas, en cuanto a las voces continuaban aumentando el volumen sin comprenderse lo que decían, pero resultaba evidente que eran expresiones de odio mezcladas con desesperación ahogada. Pese a todo Marcelo no se movió ni un solo centímetro aferrando con suma energía las mantas, hasta que todo quedó en silencio por un minuto seguido a ello una fuerza similar a un terremoto hizo temblar la cabaña, Marcelo saldría de la cama y sosteniéndose de lo que pudo reposando todo su peso sobre su pierna sana logró llegar a la puerta precipitándose fuera dejándose caer de bruces al suelo seco y entre sollozos gritó con todas las fuerzas de su cansado cuerpo y casi todo el aliente que aún le quedaba: ʺEs mi casa, déjame en pazʺ.

Los empleados ya estaban junto a Marcelo pues el temblor los había despertado y decidieron acudir en su búsqueda al oír su grito, y ante ellos todas las luces interiores de la cabaña fueron encendidas mostrando la presencia de cientos quizás miles de sombras reposadas contra las ventanas sin vidrios, pero lo más horroroso de todo fue el escuchar voces gritando con claridad pidiendo ayuda.

Marcelo estaba paralizado, los trabajadores entonces lo tomaron por ambos brazos y huyeron de aquel condenado lugar llegando al bar de la ciudad donde permanecieron hasta que el sol lo dominó todo y entonces buscaron la ayuda de la policía regresando a la casa no sin antes dejar a Marcelo bajo los cuidados del médico quien debido al delicado estado del hombre lo trasladó al hospital.

En la casa hallaron un escenario desgarrador, puesto sobre los suelos yacían restos humanos, esqueletos sin carne, cráneos partidos y algunos miembros momificados por el paso de los años. Toda la cabaña en sí misma estaba llena de cadáveres pero sin lugar a dudas los sectores abarrotados de restos eran el ático y el sótano donde también reposaban retazos de telas que alguna vez fueron vestimentas.

Durante mucho tiempo la cabaña fue zona de investigación llegando a perdurar por tres meses en los cuales tanto Marcelo como sus trabajadores no pusieron ni un pie en esas tierras; finalmente la investigación concluyó determinando que la mayor parte de los restos pertenecían a los anteriores dueños de la cabaña, pero no hubo respuestas a cómo y qué los asesinó.

Tras la liberación de la cabaña los oficiales de policía le comunicaron la noticia a Marcelo mas uno de los mismos le aconsejó no regresar, compartiendo que en su opinión nadie debería de vivir en ese terreno; Marcelo una vez recuperado de sus lesiones y sintiéndose mejor de su pierna pues ya no requería del bastón para movilizarse, él en un repentino acto de insania mental, obstinación o posesión demoníaca retornó a la cabaña donde los cultivos se encontraban secos y los suelos descansaban sumidos en polvo, mas lejos de alejarse eso reforzó su decisión dándose de lleno a la reconstrucción de su cabaña aunque en esa ocasión nadie quiso acompañarlo ni siquiera sus más leales empleados a quienes consideraba amigos, estos en cambio persistieron en tratar de doblegar su voluntad y al fracasar en constantes intentos decidieron dejarlo ir bañados en un mar de lagrimas, ya que ellos no volverían a poner un pie en esas tierras ni por todo el oro del mundo.

Marcelo por su parte se tornó en un completo ermitaño dejando que el abandono y la soledad lo envolvieran, de vez en cuando la gente lo veía refaccionando la cabaña de manera precaria utilizando madera vieja y seca, y mientras el tiempo transcurría su aspecto iba en declive consumiéndose lenta pero progresivamente. Quienes lo cruzaban por las tiendas comprando provisiones decían al verlo que no era una persona sino una marioneta cuyos hilos invisibles eran sostenidos por una fuerza demoníaca y por ello casi nadie deseaba entablar una conversación con él.

Un año ya había transcurrido y sin falta cada tercer domingo del mes Marcelo acudía a las tiendas, mas al llegar el mes de septiembre él no apareció, mas nadie preguntó por él todos asumieron de buena gana que tal vez finalmente entró en razón y abandonó la cabaña para no regresar jamás.

Tres años tras la desaparición de Marcelo un joven matrimonio deseaba comprar la cabaña por lo que se aventuraron a llegar hasta la misma procurando charlar con el dueño de la vivienda ya que legalmente aun pertenecía a Marcelo.

Mas al llegar allí se toparon con la puerta entreabierta, ellos llamaron pero no hubo respuesta y sin embargo algo los incentivó a ingresar siempre anunciándose, y mientras más avanzaban notaban el abandono de aquel lugar hasta llegar a una habitación donde un tallado en la madera, efectuado por unos movimientos similares a las garras, dictaba: ʺEsta es mi casa, y aquí me quedoʺ. Seguido a esto la pareja decidió llamar a la policía y salir lo más próximo de allí ya que aquel anuncio los lleno de temor sin saber muy bien por qué.

Finalmente

Entonces Edgardo llegó al fin de su relato diciendo: ʺEse sería el primer caso que atendí; cuando llegué a esa cabaña un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, cabe destacar que yo no conocía los detalles de los eventos ocurridos. Yo era joven y aún me persigue lo que vi cuando derribamos esa puerta mi compañero y yo, divisamos una habitación cubierta por polvo y telarañas, donde una heladera reposaba junto a la puerta derribada, frente a esta estaba una cama aun tendida, de un lado una mesita y por último cerca de la ventana un sillón donde los restos de un cuerpo humano seco hasta tal grado que la piel estaba pegada contra los huesos y una expresión de horror plasmada en su semblante, descansabaʺ.

Una pausa involuntaria por parte de Edgardo para beber un sorbo de su vaso de sangría interrumpió la narración, pero la tensión me corroía así que terminé preguntándole qué sucedió después, a lo que me respondió: ʺSu cadáver fue enterrado en el cementerio de Penumbras City, la cabaña jamás fue habitada de nuevo; hubo una investigación intentando reconstruir los acontecimientos de la muerte de aquel pobre hombre, yo formé parte de ella recopilando todos los datos que he narrado y enterándome de lo demás por parte del comisario con quien había entablado una buena amistad. Sabe una cosa, lo más triste de todo fue que seis meses después dos jóvenes de diecinueve años de edad arribaron a la ciudad, provenían de Portugal venían con el único fin de conocer a su padre pues pensaban recuperar el tiempo perdido por culpa de su madre quien los separó de su padre cuando aun eran pequeñosʺ.

Ese cierre en su relato logró provocarme un nudo en la garganta y francamente tuve que ahogar las ganas de llorar vaciando mi vaso. Viéndome un poco calmado Edgardo me compartió que siempre que recordaba eso también sentía una melancolía insufrible, y el silencio dominó nuevamente hasta que ya repuestos Esteban llenó los vasos de todos y volvió a sentarse elevando las cejas y todos lo miramos con atención ya que su relato daría inicio.

Los naipes habían quedado sobre la mesa ya nadie de los presentes allí deseaba jugar, solamente estábamos atentos a la bebida y a las palabras de cada relato; como he mencionado Esteban narraría una historia acaecida en aquella ciudad, y dio comienzo: “A diferencia de Edgardo yo nací y crecí en Penumbras City, a mis dieciocho años de edad ingresé en la Universidad de Cruzánsata egresando con titulo de profesor universitario de historia y ciencias sociales. Pronto fui contratado por la escuela secundaria N° 576 alias "La Casita", siendo una forma irónica de referirse a la escuela ya que era y continúa siendo una edificación descomunal de cuatro pisos, el cuarto piso situaba la biblioteca mientras que en las demás se ubicaban los salones de clases y los laboratorios mas el lugar era tan grande que aun con tantos alumnos existían cuartos clausurados y escaleras en desuso. Cuando ingresé a trabajar ahí yo tenía veintitrés años, supongo que desde ya podrán asumir el temor que significó para mí semejante responsabilidad. Contener todo un salón de clases con jóvenes de dieciséis años por un lapso no menor a tres horas, viendo a dos grupos de jóvenes diferentes de lunes a viernes y aun así me consideraba afortunado por no tener que trabajar en más de un colegio. El viaje a la escuela no me tomaba más que veinte minutos desde mi departamento, mis padres por ese entonces estaban retirados también habían ejercido la docencia y en sus años de retiro tras verme con un trabajo seguro decidieron darse al cumplimiento de sus sueños viajando a Italia y estableciéndose allí dejándome el departamento donde crecí. En definitiva por ser ciudadano Penumbrense siempre estuve rodeado por hechos fuera de lo común, ya sea de manera directa o indirecta. Pero recuerdo que por ese entonces yo realizaba siempre el mismo trayecto hacia el trabajo en mi motocicleta Puma una belleza que adquirí en mis años de universitario. Bien como iba diciendo mi recorrido siempre era el mismo pasando frente a una singular mansión abandonada que lejos de aterrorizarme me infundía cierta curiosidad mas nunca entré hasta que a mitad de mi primer año como profesor durante una mañana fría de sábado desperté cerca de las cuatro am estaba decidido a explorar la mansión con la sola finalidad de salir de mi rutinaria y solitaria vida ya que por entonces el trabajo me agobiaba en sobremanera y no disponía de tiempo libre para entablar nuevas amistades. Con los primeros rayos del sol emprendí mi viaje, nadie custodiaba esos terrenos recorrí todo cabe decir que la tarea me tomó cerca de ocho horas, cerca de las tres de la tarde me hallaba en una de las habitaciones mirando por la ventana cuando a mis espaldas un objeto cayó reconozco que casi se me salió el corazón por la boca; traté de contenerme para no salir corriendo y voltee divisando ante mí un pedazo de madera desprendido del techo mas no sólo eso sino que al parecer había caído con un objeto polvoso que tomé entre mis manos y limpie con mi pañuelo resultó ser un cuadernillo de anotaciones, con tapas de cuero y un hilo del mismo material lo mantenía cerrado, simplemente me lo llevé conmigo y lo dejé olvidado encima de la mesa de mi cocina hasta que llegó la noche, finalmente antes de irme a la cama decidí revisarlo sus hojas eran amarillentas, algunas estaban arrancadas o carcomidas. Y en primera persona narraba lo siguiente:

Sin Rumbo

Mi esposa y yo desde que nos casamos soñábamos con unas vacaciones de ensueño mas no deseábamos cruzar naciones por avión o carreteras en micro buscando un punto fijo de llegada, deseábamos cumplir una fantasía viajar simplemente sin un punto de llegada pues acuñábamos la idea de que el lugar de llegada se presentaría solo. Con nuestros sueldos combinados compramos una camioneta F del 76, tenía un buen motor, armamos nuestros bolsos y equipajes dándonos a la "fuga" por así decirlo.

Nuestra travesía resultó ser más gratificante de lo que creíamos, cada día que pasaba resultaba una aventura, puesto nunca sabíamos a donde llegaríamos. Solamente gastábamos en gasolina y algunos víveres básicos, por el hospedaje no nos preocupábamos ya que dormíamos en la camioneta.

Así transcurrieron tres años de felicidad simpar, éramos jóvenes y cada amanecer era una delicia solíamos despertar con los primeros rayos del sol y siempre con una sonrisa en los labios nos dábamos los buenos días e intercambiamos un beso junto a una caricia; cómo nos amábamos. Solíamos realizar algunos trabajos temporales para ganar nuestro sustento, mas no permanecíamos más de una semana en un sector especifico.

En ese entonces comenzamos a preguntarnos si ya era tiempo de buscar un lugar donde asentarnos y estuvimos de acuerdo en ello mas no dábamos con el lugar indicado; una tarde Cecilia -que así se llama mi esposa- me dijo: "Ángel me he divertido en este tiempo, pero creo que debemos de regresar, el lugar adecuado no aparece y sinceramente estoy un poco agotada de recorrer carreteras. Si volvemos podremos establecernos en un departamento económico o comprar nuestro propio terreno ya que hemos ahorrado suficiente".

A lo que yo respondí con entusiasmo: "Estoy de acuerdo, pero en lugar de regresar podríamos continuar estoy seguro que daremos con la casa ideal para nosotros, por favor sigamos".


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